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Un brindis por Chaikovski y por Nureyev

Con ‘El lago de los cisnes’, el jueves 29 de abril celebramos el Día Internacional de la Danza. Desde el ballet de París, con la coreografía del maestro ruso

Para celebrar el Día Internacional de la Danza, el jueves 29 de abril acudimos a una de las colaboraciones más fructíferas de la historia del ballet: la de Rudolf Nureyev (1938-1993) con su amigo el escenógrafo Ezio Frigerio (1930). El italiano es, desde los años 70, un referente del teatro junto a su mujer, la diseñadora de vestuario Franca Squarciapino (1940), ganadora del Oscar por Cyrano de Bergerac y del Goya por La camarera del Titanic. De la suma de estos tres nombres cabe esperar una producción elegante y fastuosa de El lago de los cisnes, título clásico por excelencia. Se retransmitirá desde la Ópera de París en una grabación de 2019.

La compañía recuperaba la coreografía que elaboró el maestro ruso en 1984. Nureyev ya había creado, veinte años antes, su propia versión para la Ópera de Viena, donde además bailó el papel del príncipe Siegfried junto a su querida Margot Fonteyn. Fue un éxito abrumador, con 89 bajadas de telón, pero aun así quiso revisarla más adelante. En la capital francesa aportó mayor profundidad psicológica y poética, así como un tono desesperado, y enriqueció el papel masculino, que gana entidad y deja de ser un mero acompañante de la protagonista.



“Cuando he trabajado sobre Raymonda o El lago de los cisnes es para preservar todo lo que puede guardarse”, declaró Nureyev al especialista Roger Salas en una entrevista. “Mucha gente piensa que ya no es necesario, que es una labor baldía. Yo veo indispensable guardar la herencia del pasado: en ella está la base del trabajo futuro. Los ballets clásicos deben ser considerados piedras preciosas, y es necesario montarlos de nuevo para renovar su brillo”.



En el caso de El lago de los cisnes, el esquema en el que se basó lo habían firmado en 1895 los legendarios Marius Petipa y Lev Ivanov para el Mariinsky de San Petersburgo. Suya fue la idea de que una misma bailarina interpretase el papel de Odette -el cisne blanco, una princesa hechizada por la maldición de un brujo- y Odile -el negro, su antagonista-. Esa lucha interior le dio una dimensión simbólica, que sumada a la exigencia técnica y la capacidad actoral lo convirtieron en el rol más deseado por las estrellas. Gracias a esas innovaciones, el título cobró fama mundial y se recuperó del fracaso de su estreno en 1877 en el Bolshói, con coreografía del maestro de los Teatros Imperiales de Moscú Julius Reisinger.



Chaikovski, sin embargo, no pudo saborear el éxito. Murió en 1893 sin cosechar los frutos de su extraordinaria partitura, que cambió para siempre la danza. Hasta entonces, la música permanecía en segundo plano, ligera, superficial; la atención se dirigía exclusivamente a los pasos. No había una acción como tal, sino una sucesión de set pieces. El autor de Eugene Onegin, gran conocedor de la ópera y del drama, incorporó una narrativa completa con diferentes atmósferas: más realista en la corte de Sigfrido, fantástica en el lago encantado…



Entusiasmado por el encargo de su primer ballet, tardó un año en completarlo. Destaca su asombrosa orquestación, puramente sinfónica, su inteligente uso de los leitmotive y, cómo no, el despliegue de melodías imborrables, marca de la casa, como el Vals del primer acto o la Danza de los pequeños cisnes.


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