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La milagrosa madurez de Gregory Kunde en Valencia

Nuestros cines recuperan este jueves 18 a las 19.00 ‘Otello’, penúltima obra maestra de Verdi. Desde el Palau de Les Arts con el tenor estadounidense y la batuta de Zubin Mehta

Cerrados los teatros del mundo hasta que la pandemia lo permita, nos queda el refugio de las grabaciones. Como la inolvidable producción que en 2013 protagonizó Gregory Kunde en el Palau de les Arts de Valencia, por entonces uno de los escenarios punteros de Europa. Nuestras salas retransmiten este jueves 18 de marzo a las 19.00 un Otello de altura.

La madurez del tenor estadounidense (1954) resulta casi milagrosa: después de tres décadas especializado en el bel canto, ha ido abordando papeles cada vez más pesados. Premio Campoamor 2015, al año siguiente alzaría el International Opera Award. En la tragedia de Verdi sobre el moro de Venecia, Kunde dio una exhibición de fraseo, brillo, energía, precisión y musicalidad. Lo acompañaron la soprano italiana Maria Agresta (1978) y el barítono malagueño Carlos Álvarez (1966), con la dirección del turinés Davide Livermore, un escenario circular con proyecciones. A la batuta, un referente como el indio Zubin Mehta, entonces responsable musical del Palau. Aquellos tiempos felices se esfumarían poco después, con los sucesivos recortes de presupuesto (y algún que otro escándalo político). Esta producción de Otello perdurará como el mejor fin de ciclo.



En su penúltima ópera, estrenada en La Scala en 1887 por todo lo alto, el septuagenario autor de Nabucco regresó de 15 años de silencio. Se había retirado en la cima de su popularidad, después de Aida (1871). Solo un nombre le hizo recuperar la ilusión: Shakespeare, su escritor favorito. Verdi, que había puesto música a no pocos libretos infumables, esperó toda una vida hasta adaptar un texto a su altura. Se lo entregó el joven poeta y compositor Arrigo Boito (Mefistofele), a partir de la obra maestra del bardo inglés (1604). La trama profundiza en la enajenación del general Otelo, quien asesina a su propia esposa por los celos que siembra en él un pérfido subordinado.



Boito, reformista y admirador de Wagner, condensó la acción en un drama profundo, denso, arriesgado y poético al que no le sobra una coma. Fascina tanto por su fluidez e intensidad como por la categoría literaria de sus versos. En cuanto a la partitura, logra fundir con naturalidad la palabra y la melodía. El genio de Busseto (1813-1901) abandonó al fin los números cerrados en pos de un movimiento continuo, y alcanzó cimas propias de la tragedia griega con una escritura moderna y expresiva. Todo lo que oímos está justificado por el argumento: la violencia de la tempestad -que describe mediante la orquesta-, la serenidad del dúo de amor, el miedo de Desdémona en la despedida a su criada… las grandiosas líneas vocales marca de la casa siguen presentes, pero no se recrean en variaciones o repeticiones. Están al servicio del drama.



La música caracteriza a unos personajes más reales que meramente teatrales, en especial el siniestro Yago -que solo declama- y el protagonista. Otelo comienza intachable y épico (Esultate) y se va resquebrajando. Posesivo, teme perder a su mujer. Ya en el dúo de amor, sus últimas notas engullen a las de ella, más frágil; preámbulo del asesinato.



En la instrumentación, Verdi logró efectos poderosos con economía de medios. Impacta el primer acorde de la obra, estridente y directo, seguido de cromatismos que imitan las olas y la niebla que no deja ver, y los relámpagos en forma de vientos madera muy agudos. Cuando pasa la tormenta, los violines emulan las estrellas.



El escritor de Rigoletto ya había experimentado con leitmotive, aunque nada hacía prever las disonancias, las arriesgadas modulaciones o los acordes impresionistas que acompañan a Yago. Es el Mal puro, de quien nadie desconfía por su buena presencia. En el segundo acto, un larguísimo dueto, consigue que el héroe pase de idolatrar a su mujer… a querer matarla.




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